By Fernanda Márquez

Correo: fernanda.m@politicaladvisorsapc.com


En los últimos días, la opinión pública se ha polarizado y, en el mejor de los casos, ha mostrado una postura ante el llamado lenguaje incluyente. De igual forma, hay un sector de este mismo ente que decide no tocar el tema porque lo consideran intrascendente y desgastante. No obstante, es intrínsecamente necesario dialogar y ahondar en este tema, puesto que problematizar nuestro entorno nos provoca un crecimiento tanto en lo individual como en lo colectivo.

El tema del lenguaje es un campo inmensamente grande, tomaría un gran tiempo lograr entender tan siquiera una parte. Sin embargo, la situación social y cultural actual nos orilla inevitablemente a abordar el tema de forma coyuntural.

Para Lluís Duch la lingüística representa el empalabramiento de la realidad, incluso Jesús Martín-Barbero, teórico de la comunicación, considera que dentro del lenguaje hay discursos ideológicos, los cuales son reproducidos a través de signos que apropiamos y convertimos en realidad.

Ambos teóricos concuerdan en que los signos, como medio del lenguaje, tienen propiedades funcionales lo que los convierten en valores meramente de cambio, es decir, no se considera al ser humano como hablante porque el énfasis y núcleo están concentrados en la lengua como un medio.

Entre la funcionalidad del signo se encuentra la univocidad, arbitrariedad y la convencionalidad. De acuerdo con Martín-Barbero, contemplar al signo como parte nuclear del lenguaje implica cosificar este último al dejar fuera al sujeto y, en su lugar, poner en relieve a las razones negando por completo el sentido.

Esta estructura no es elaborada por los sujetos hablantes, sino que parte de un lenguaje fabricado, egocéntrico, cosificado y sin sentido creado por grupos fuertes de decisión, los cuales deciden poco a poco el rumbo de nuestra realidad.

Un ejemplo de ello es la Real Academia Española, institución lingüística fundamentada en la utilización del lenguaje como medio del signo al establecer reglas unívocas y al dejar de lado el reconocimiento del otro como hablante de su propio entorno y realidad.

Ahora bien, tanto Duch como Martín-Barbero toman en cuenta un elemento que consideran es la clave para entender el lenguaje en el ser humano y no a través de él, como sucede en el caso del signo.

El símbolo como núcleo fundamental del lenguaje nos permite hacer mediatamente presente lo inmediatamente ausente. Es decir, nos permite tener el poder de nombrar en el aquí y en el ahora lo que las instituciones, con palabras cerradas, no habían contemplado antes.

Una de las características del lenguaje en el símbolo es que este no se genera en lo individual, sino en el ámbito de lo colectivo, dicho de otra forma, en el diálogo. Para Paulo Freire, el diálogo es el encuentro de seres humanos mediatizados por el mundo para pronunciarlo, por lo que prohibir ese pronunciar resulta deshumanizante e implica la imposición de una verdad en una relación vertical de una forma institucionalizada, al contrario del diálogo, el cual permite que nos relacionemos de una manera horizontal y veamos a la otredad como compañeros de pronunciación del mundo y no como subordinados.

Inlcuso, Freire afirma que es a través de una educación del silenciamiento que el lenguaje estructural (como signo) se reproduce, ya que dentro de ésta se censura la palabra creadora que emite el sujeto. Y, es el diálogo (como símbolo), el que abre la posibilidad de transformar nuestra realidad que figura como algo dinámico y no estático.

Ahora bien, es Jesús Martín-Barbero quien propone una ruptura del silenciamiento (dominación), la cual permite llevar a cabo un tipo de liberación al dejar de ver al signo como algo que se mueve por sí sólo y, lleva incluso al posicionamiento del símbolo en el imaginario colectivo, es decir, nos direcciona a la posibilidad de generar nuevos discursos y no asumirnos como dominados, sino que nos permite adquirir ese conocimiento (tener conciencia) para dialogar, problematizar y cuestionar nuestra realidad social.

Entender todo este entramado teórico nos permite analizar un poco más allá el por qué es importante un cambio en nuestro lenguaje actual. Si bien el lenguaje es una expresión de nuestro pensamiento y un reflejo de los usos y costumbres de una sociedad y cultura determinadas, por mucho tiempo también ha sido fuente de violencia y una herramienta más a través de la cual se ha naturalizado la discriminación y la desigualdad entre la gran diversidad de personas.

De esta problemática, y del impacto que inevitablemente tiene el uso de lenguaje en nuestro desarrollo como sociedad, es que surgió el lenguaje incluyente, el cual, según la Comisión Nacional Para Prevenir y Erradicar la Violencia, establece nuevos parámetros que se adaptan a una sociedad igualitaria y que fomentan una cultura del respeto y la no violencia hacia todo tipo de personas.

Por lo anterior, es importante romper estructuras de dominación y ser incluyentes en nuestro hablar, es decir, tenemos que nombrar para que algo o alguien pueda existir, en este caso nuestra otredad, misma que, según Edward Said, se encuentra estereotipada, causa miedo y representa una amenaza en el inconsciente colectivo dominante, por lo que es despojada de su capacidad de autorepresentación en lenguaje, cultura e historia.

Es importante recordar que el lenguaje no lo constituyen un montón de reglas emitidas por instituciones, sino que son los mismos hablantes adaptándolo a la necesidad de la representación.

El ser humano actual no ha interactuado aún con el mundo, sino con sus interpretaciones.


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Acerca del autor: Fernanda Márquez es Comunicóloga egresada de la FCPyS de la UNAM

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