Héctor Sánchez

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El Romanticismo, tal y como Amelia Valcárcel lo menciona en su texto dedicado a la crítica de algunos clásicos de la filosofía, fue un movimiento muy variado, en donde la música, la literatura y la tradición arquitectónica tuvieron un desarrollo importantísimo. No obstante, el Romanticismo como movimiento filosófico-cultural que se originó después del impacto de la Revolución Francesa y todo el Siglo de las Luces adquirió, con toda claridad, un carácter reaccionario para esos momentos. Y es que el Romanticismo como movimiento filosófico-cultural puso en tela de juicio los saberes y los valores de la Ilustración y del proyecto de la modernidad, sosteniendo que las formas de conocimiento y sus reacciones ilustradas en pos de la razón no eran más que intentos reduccionistas por realizar una especie de individuo escindido de todas su otras cualidades naturales; es decir, que se le intentaba negar y reprimir al ser humano las demás condiciones que hacían de éste algo propiamente humano. La razón como estandarte de la Ilustración y forma de cosmovisión adquiría, finalmente, una concepción negativa para los autores y filósofos del Romanticismo, una concepción que dirigió sus esfuerzos especialmente en contra de las mujeres y del feminismo ilustrado.

La autora hace mención de dos grandes etapas o momentos del Romanticismo; uno que va de la Revolución Francesa a la revolución que tuvo lugar en 1848 y otro que extendió su alcance hasta años entrados del siglo XX. Este último momento del Romanticismo se denominó como decadentista. Sin embargo, tal y como Valcárcel menciona, un “rasgo presente en ambos al que se suele prestar poca atención, porque aflora menos, es el naturalismo.”[1] La concepción natural de las cosas y la legitimidad hacia el orden jerárquico y desigual de la sociedad era la cosmovisión de este movimiento. Por su parte, la legitimación de las prácticas desiguales y la negación de libertad e igualdad para las mujeres por parte de este movimiento filosófico-cultural es lo que la autora denomina como misoginia romántica.

La igualdad y libertad que se habían predicado como valores universales para todos los seres humanos durante el siglo XVIII, realmente quedaban manifestados de forma endeble e hipócrita en la nueva sociedad democrática que sepultaba al antiguo régimen, pues los derechos del individuo eran más bien derechos del varón, evidenciando todavía una desigualdad entre hombres y mujeres; una “desigualdad que la Ilustración había afirmado que era ética y política.”[2] Pero el Romanticismo se aventuraría a contradecir la construcción artificial de la desigualdad que la Ilustración había utilizado para demoler al antiguo orden jerárquico, pues este movimiento argumentaba que la desigualdad entre hombres y mujeres se sostenía en bases naturales, predicando y defendiendo una esencia natural de las mujeres, una esencia que adquiría un carácter genérico que terminaba por abarcar a toda mujer, independientemente de su posición económica, intelectual o política; no podían desprenderse de esa esencia. Finalmente, estos románticos, “a la vez que construyen en la ficción a la mujer ideal, dejan a las mujeres reales sin derechos, sin estatus, sin canales para ejercer su autonomía […].”[3]

Sin embargo, a pesar de que a Rousseau se le utilizó para legitimar y deslegitimar valores y principios a modo, tanto de la Ilustración como del Romanticismo, lo cierto es que este último momento tuvo a sus propios filósofos y con ellos una ardua defensa de las tradiciones conservadoras. Es así que filósofos como Hegel, Schopenhauer, Kierkegaard y el propio Nietzsche articularon en sus sistemas o propuestas filosóficas una determinada concepción y esencia natural en el género femenino. Las herencias ilustradas de libertad e igualdad, encontraron su desmantelamiento en los filósofos románticos, pues estos “repasaron estas ideas para desactivarlas acudiendo a representaciones de orden genético, es decir, cómo las cosas deben ser, sino cómo han llegado a ser y han sido siempre […]”[4], sosteniendo de esta forma que algunas concepciones y desigualdades de épocas pasadas podían y debían encaminarse hacia tiempos futuros en su forma “natural”, sin cambios.

Hegel sostiene que hay dos leyes con respecto a lo humano: “la del día –masculina, estatal– y la de las sombras –femenina, familiar– […]”,[5] pues no se puede pensar a la humanidad en general de forma unitaria, por lo que teoriza “relaciones funcionales” de los sexos. Por otra parte, para Schopenhauer, las mujeres no tienen virtudes propias del ser humano, por lo que entiende que el ser femenino es más bien “una estrategia de la Naturaleza, un efecto teatral mediante el cual ésta se perpetúa […] la mujer es la trampa que la Naturaleza le pone al varón para perpetuar esa cadena de sufrimientos que se llama vida.”[6] Y Kierkegaard, a diferencia de Schopenhauer, como Valcárcel menciona, “es el mejor representante de la misoginia galante”[7] y así, enuncia que el hombre ostenta más espíritu, y lo hace más a conciencia que la mujer, pues ésta última tiene en su naturaleza el hecho de renunciar a su ser, de “abandonarse” al otro. Y finalmente, para Nietzsche, al tratar de explicar la realidad, sugiere una representación valorativa en una división entre los llamados fuertes y otros llamados débiles, por lo que “esta ontología dual hace coincidir su frontera con masculino-femenino. Lo hembra es una continuidad de la Naturaleza, mientras que lo femenino es una ideación, seguramente masculina.”[8]


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Referencia

[1]Valcárcel, Amelia (1993). “Misoginia romántica. Hegel, Schopenhauer, Kierkegaard y Nietzsche”; en Alicia Puleo, cooord. La filosofía contemporánea desde una perspectiva no androcéntrica. MCyD. Madrid. Página 14.

[2] Ibídem, pág. 15

[3] Ídem

[4] Ibídem, pág. 16

[5] Ibídem, pág. 17

[6] Ibídem, pág. 18

[7] Ibídem, pág. 19

[8] Ibídem, pág. 20


Acerca del autor: Héctor Sánchez es estudiante de Ciencias Políticas y Administración Pública y Sociología.

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