El absurdismo de Camus: Sísifo y la roca moderna

Héctor Sánchez

Correo: sanchezhector@politicaladvisorsapc.com


“Después de Auschwitz no se puede escribir poesía”

Hace 70 años el filósofo y sociólogo alemán, Theodor Adorno, acuñó las anteriores palabras. Una frase que puede transmitir de manera intensa el sentimiento de una Alemania o quizá, más en general, el sufrimiento de una Europa devastada, cansada y decepcionada luego de los dos conflictos bélicos mundiales de mayor impacto que, hasta ahora, la humanidad ha tenido el infortunio de presenciar. Palabras que para muchas y muchos poseen razón después del fracaso de un mundo nuevo augurado por el positivismo más ortodoxo del siglo XIX, esto a raíz de una ciencia y de una tecnología al servicio de proyectos militares y, claro está, con presencia en todo tipo de experimentación, desde la elaboración de armas nucleares hasta la experimentación en seres humanos; un baño de realidad que culminó (o quizá comenzó) con el horrible descubrimiento y la consecuente liberación del campo de concentración nazi en Auschwitz, Polonia. Sin embargo, existe otra lectura sobre la sentencia del representante de la Escuela de Frankfurt, lectura que es compartida por muchas otras y otros pensadores quienes sostienen que, bajo una lupa menos pesimista y hasta eurocéntrica, después de Auschwitz es necesario todo; las artes, la filosofía y la crítica social y científica. Después de todo, no ha sido lo primero ni lo último que ha puesto en jaque a aquello llamado humanidad, tanto en Europa como en Latinoamérica o en otra parte del globo.

Lo cierto es que durante y posterior a la Segunda Guerra Mundial surgieron nuevas corrientes de pensamiento, corrientes cuya mirada distaba de aquél optimismo generalizado y desmesurado que hasta unas décadas atrás vislumbraba un poder científico como administrador y catalizador de las problemáticas que las sociedades humanas han padecido a lo largo de su historia. Vamos, inclusive el propio Marx formó parte de aquellas pensadoras y pensadores que observaban en el avance científico y tecnológico una forma de acelerar un cambio social y económico que podría dar fin a la llamada lucha de clases. El siglo XX comenzaría con un evento militar de proporciones continentales al cual le seguiría otro mucho peor y determinante para la reconfiguración territorial e ideológica, el cual terminó por marcar dicha etapa de las sociedades humanas. Y es en este contexto histórico que surge el existencialismo francés, la corriente filosófica inaugurada por Søren Kierkegaard pero reformulada por autoras y autores franceses, entre quienes destacaban tanto Simone De Beauvoir (representante e intelectual determinante del feminismo contemporáneo) y Jean Paul Sartre; intelectuales cuya obra y personalidad gozaron de mucha fortuna pública y que han quedado para la posteridad.

El existencialismo resurge como una respuesta a los horrores de la guerra, evidenciando el nulo control que los seres humanos tenemos con respecto a las externalidades, además de hacer todavía más notoria la fragilidad que nos compone. ¿Qué seguía después de darse cuenta de que los grandes relatos de siglos pasados se desmoronaban y que una Tercera Guerra Mundial se encontraba más próxima a suceder que un período real de paz? ¿Qué sentido tenía sobrevivir en un mundo en desesperanza cuya estabilidad se encontraba tambaleando en todo momento? Es a partir de lo anterior mencionado que surge la premisa central de tal corriente filosófica; la existencia tiene sentido si se le obliga a tenerla. El individuo pasa a ser el eje central del existencialismo, y al considerársele un ser condenado a ser libre,[1] el sentido de la vida y la existencia misma es responsabilidad individual. A muy grandes rasgos eso es lo que las y los precursores del existencialismo en sus distintas ramas académicas y distintas épocas expresaron.

Sartre y De Beauvoir formaron amistad y relaciones con distintas personalidades de la época, tanto en el círculo de la izquierda más recalcitrante como en los distintos partidos comunistas; desde su vínculo con el Partido Comunista soviético hasta su vínculo con el Ché Guevara. No obstante, hubo otro filósofo también francés, cuya amistad con la pareja sui géneris forma parte de una historia de desencuentros y diferencias ideológicas que finalmente terminaron por fracturar para siempre su relación intelectual; Albert Camus, el filósofo del absurdismo. Hay algunas y algunos lectores e intelectuales que clasifican a Camus en la corriente existencialista, al mismo tiempo que hay quienes demeritando o repudiando su obra (muchas veces mediante argumentos ad hominem) no lo ponen en el podio existencialista. Sin embargo, para quienes somos habitués a sus ensayos y novelas, además de reconocer su rebeldía en la izquierda más dogmática, tampoco lo clasificamos en el existencialismo pero no por falacias o juicios de valor sin fundamento, sino porque su obra y pensamiento giran en torno a otra propuesta filosófica: el absurdismo.

A diferencia del existencialismo, la filosofía de lo absurdo o el absurdismo propone que la existencia y la vida misma carecen de sentido o propósito objetivo alguno; el ser es algo absurdo si se pone al individuo en una comparación con el universo mismo, después de todo la vida humana es algo intrascendente, sin poseer la capacidad de interferir en el curso del cosmos y sin el más mínimo impacto si la vida dejase de existir. Camus, argelino-francés y forjado en el sufrimiento de la guerra y ocupación nazi al igual que las demás personalidades existencialistas de su época, tuvo un caldo de cultivo ante sí para nutrir su pensamiento filosófico, sujeto a un malestar y a una decepción generalizada. Ganador del Premio Nobel de literatura al igual que Sartre, goza de un amplio repertorio de obras, dividido en ensayos y novelas que reflejan su pensamiento más profundo, entre las cuales se destacan El extranjero, El hombre rebelde, La Peste y El mito de Sísifo. Esta última en forma de ensayo y que funciona para este texto como principal eje conductor, ya que en dicho texto formula su pensamiento filosófico mediante la metáfora del mito griego, el cual es traído a la sociedad contemporánea como una propuesta para observar la condición de los individuos.

El mito de Sísifo

El mito griego de Sísifo habla de cómo este personaje, fundador del reino de Corinto, logra hacerse de una astucia capaz de engañar a los mismos dioses, incluso a la misma muerte aprovechando todo tipo de recursos. Una historia vasta que nos dice mucho sobre la concepción griega de los valores y su temor a las deidades, pero que por ahora solamente nos sirve lo que pasa como consecuencia de las acciones de Sísifo, siendo su castigo no la muerte sino todo lo contrario; la condena a una existencia eterna mientras este es obligado a cargar una roca hasta la cima de una colina, pero con la peculiaridad de que una vez llegando hasta la cima irremediablemente se encontrará de nuevo en la posición inicial, cargando una y otra vez la roca hasta la cima y volviendo una y otra vez a la misma posición inicial. Su victoria fue su derrota, tanto se había aferrado a la existencia que los dioses lo condenaron a sufrir su deseo de existir por la eternidad. Irónico hasta cierto punto.

¿Qué nos dice este mito con respecto a la propuesta de Camus? El autor comienza su ensayo con una frase determinante: “no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía.”[2] Una frase que permite inferir el sentido del contenido de tal obra literaria, pero que al mismo tiempo funciona como un repelente para las y los lectores que se detienen a mirar la portada y las primeras páginas, puesto que el debate de dicha frase a la par de la primera parte del ensayo giran en torno a lo absurdo de la existencia de la vida humana y aparentemente decantándose por una sentencia negativa sobre la pregunta que Camus realiza al principio. Si la vida carece de sentido objetivo, ¿Qué sentido o propósito tiene el seguir con vida? Es aquí cuando los y las lectoras que permanecen hasta el final obtienen un giro copernicano, ya que es hasta la última parte del ensayo en donde Camus habla sobre el mito griego y la propuesta filosófica: Sísifo resiente la rutina eterna de cargar sobre su espalda la roca hasta la cima de la colina y ver cómo esto es algo inútil porque eventual e irremediablemente la roca caerá y volverá a realizar el mismo trabajo sin sentido alguno; así mismo, el individuo de las sociedades contemporáneas se encuentra en la misma condición filosófica al observar que la libertad que posee no puede evitar la insignificancia de su existencia ante la vastedad del universo, encontrando en la monotonía de su rutina diaria en la escuela, en el trabajo e incluso en su tiempo de recreación la roca que carga sin sentido alguno, pues después de todo la muerte es algo inevitable, condición que borra todo rastro de existencia con el pasar del tiempo. Entonces, ¿Qué sigue tras comprender esto? Pues le sigue todo.

Albert Camus no trata lo absurdo de la existencia como un punto final, como la propuesta determinante de su obra. Todo lo contrario. El autor utiliza lo absurdo de la existencia como punto de partida. Menciona que Sísifo está condenado a realizar dicha tarea como castigo una y otra vez por la eternidad, no hay marcha atrás y no lo puede evitar, pero sí que puede evitar verlo como un castigo y terminar así con su tormento, ¿Cómo? Dándose cuenta y asimilando que no tiene sentido lo que realiza, encontrando en el sinsentido de lo que hace el mayor sentido de todos. Es así que el individuo moderno debe observarse y asimilarse en su condición de sinsentido; la rutina diaria y demás actividades finalmente carecen de valor tras la muerte si no hay alguien que las rememore, lo cual mirando la condición de finitud humana es algo seguro; sin embargo, al aceptar nuestra condición de finitud y de carente sentido en la existencia es que podemos desprendernos de esa tormentosa carga rocosa que implica el tratar de hallarle sentido a la vida, por lo que una vez comprendido esto encontramos la libertad para vivir realmente, asimilando y aceptando que la existencia carece de sentido objetivo y que la vida es una y debe disfrutarse a diario, a cada momento y con las personas que amamos.

«Uno debe imaginar a Sísifo feliz»[3]

La roca contemporánea

Está concluyendo el año 2021, un año que difícilmente parece observarse como un período diferente, ya que es precedido por uno de los momentos más desastrosos para la humanidad en términos de pérdidas humanas y asimilación de las pocas capacidades que los Estados tienen para brindar seguridad a sus sociedades. Esto además de sacar a relucir el individualismo rapaz y la falta de empatía incluso entre las mismas naciones. Todas y todos padecimos y sufrimos de alguna u otra forma el confinamiento y la pandemia misma, incluso con pérdidas irreparables. Pareciera que nuestra roca se ha vuelto más pesada y que la colina se ha tornado más grande. El sinsentido permanece aquí y allá. Sin embargo, la vida aún tiene que ser vivida y en ese esfuerzo encontramos otro propósito más para seguir adelante y hallar sentido en todo este mundo absurdo, lleno de sufrimiento y decepción, pero que nuestra existencia se sujeta a aquellos recuerdos y experiencias que nos han llenado de alegría y felicidad. En eso consiste imaginarnos a un Sísifo feliz, a un Sísifo dichoso de aceptar su condición, en aprovechar este paso efímero en el cosmos para apreciar, querer y amar en plena libertad de aceptar que no hay un sentido, solamente hemos venido a vivir.


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[1] Sartre, J. P. (2006). El existencialismo es un humanismo (Vol. 37). UNAM.

[2] Camus, A. (2021). El mito de Sísifo. Literatura Random House.

[3] Camus Op. Cit.


Referencias

Camus, A. (2021). El mito de Sísifo. Literatura Random House.

Sartre, J. P. (2006). El existencialismo es un humanismo (Vol. 37). UNAM.


Acerca del autor: Héctor Sánchez es estudiante de Ciencias Políticas y Administración Pública y Sociología.


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1 comentario

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  1. Sergio Gonzalez abril 25, 2022 — 11:44 pm

    Gracias, mil gracias por tu artículo. Me encantó la manera de contar y decir la historia. Me enganché en el primer párrafo. Toda la narrativa me puso a pensar. De alguna manera ha dado respuestas para entender parte de lo que he vivido.
    Desde Venezuela te saludo y deseo mucho éxito para ti. Trabajador pensionado de 70 años.

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