La sociedad del cansancio y la supervivencia romantizada

Héctor Sánchez

Correo: sanchezhector@politicaladvisorsapc.com


Tiempos malos crean seres fuertes; seres fuertes crean tiempos buenos; tiempos buenos crean seres débiles y los débiles originan malos tiempos. Ésta es sin duda alguna una de las frases más representativas del modelo de la meritocracia y racionalidad instrumental orientada a fines que imperan en la sociedad moderna. Y es que la premisa que invoca dicha aseveración recae en el peso que los seres humanos tenemos para transformar la realidad social y natural; después de todo, Aristóteles escribiría en su Política que somos el zoon politikon, es decir, animales sociales que vivimos con la necesidad de relacionarnos y que solamente podemos sobrevivir gracias a ella. Por ello, es justo mencionar que a pesar de que ya hayan pasado miles de años, tal sentencia cobra demasiado peso en este año 2020, tan turbulento y repleto de fenómenos y acontecimientos que difícilmente pudieron haber sido profetizados por la más pesimista de las personas, pues las relaciones sociales humanas han tenido que verse sometidas a una metamorfosis obligada, una metamorfosis que no apela a la clásica supervivencia del más fuerte ni del que mejor se adapte el cambio, sino que apela a la supervivencia del que se pueda auto explotar y no morir  por ello en esta crisis sanitaria.   

En tiempos del Covid-19, las diferentes sociedades del mundo han tenido que mirar más allá del horizonte inmediato, tomando las medidas necesarias para que el impacto mortal de esta pandemia pueda verse reducido a la mínima pérdida humana y con ello, asegurar para sí una menor crisis económica. Esto es, que las medidas sanitarias para evitar aún más la propagación del covid-19 han recrudecido y visibilizado mucho más las prioridades a mediano y largo plazo para el sistema económico imperante, pudiendo observar mecanismos que pretenden reducir a lo más insignificante la dignidad humana con tal de que la producción no se detenga. No es de extrañar para nadie que la preocupación más importante para los mandatarios y las agendas de los distintos Estados del mundo sea la del impacto económico y en ese punto, el tratar de evitar una muy probable recesión mundial, pues después de todo, es el mercado mundial quien controla y dispone la política internacional.

Ahora bien, la sociedad gobernada y los individuos que la componen no son la excepción a la hora de mostrar preocupación por la situación que la crisis sanitaria ha provocado en diferentes ámbitos de su vida y rutina diaria. Basta con observar la negativa de algunos ciudadanos por acatar por completo el confinamiento que los diferentes gobiernos han establecido como medidas de contención, y es que ante la falta de una auténtica (y casi utópica) figura estatal de apoyo que permita a cada ciudadano sobrevivir encerrado por meses en medio de una total incertidumbre, el temor a la muerte provocada por el hambre sobrepasa a la muerte que pudiera ocasionar el virus. Así, cientos de miles de personas son las que a diario, en medio de condiciones deplorables, salen en busca de monedas para permitirles a ellos y a los que tienen como responsabilidad sobrevivir, cuestión que se ha maximizado en este año pero no es reciente y ha imperado desde antes de la llegada del Covid-19. “Es la realidad mexicana, pues el mexicano es trabajador por naturaleza”, dirían algunos eruditos e intelectuales liberales justificando el modo de supervivencia que la mayor parte de la sociedad mexicana ha adoptado como modo de vida gracias a un determinismo social. No obstante, el romantizar la labor suicida de estos cientos de miles de ciudadanos al cruzar lugares como el metro de la CDMX y el colectivo tradicional mientras codo con codo transpiran un lamento que sigue estando mudo, solamente refleja que las condiciones del neoliberalismo que Byung-Chul Han ha descrito como base primordial de la que ha llamado como sociedad del cansancio se han vuelto más legítimas.

El individuo del rendimiento

Ésta sociedad del cansancio no es más que el conjunto de individuos que, en el neoliberalismo de fines del siglo XX y todo lo que ha sido parte del siglo XXI sostienen como modo de vida,  influyendo en todo el aparato social y las relaciones humanas que de éste se desprendan. A diferencia de la sociedad disciplinaria descrita por el filósofo francés, Michel Foucault, el filósofo surcoreano señala que el individuo de la sociedad moderna se auto explota y se auto exige sin necesidad de que haya un capataz o un panóptico velando por su rendimiento laboral; esto es, que la sociedad disciplinaria de mediados del siglo XX, en donde las empresas mantenían control sobre sus trabajadores para que estos, mediante el mecanismo minucioso de vigilar y castigar pudieran garantizar las ganancias mediante trabajo duro y arduo, se ha terminado y lo ha hecho para dar paso finalmente a la llamada sociedad del rendimiento. La sociedad del rendimiento es una sociedad que, como su nombre lo indica, exige que el individuo mismo sea quien, en busca de un rendimiento óptimo, se ejerza a sí mismo la vigilancia y el castigo. Pero, ¿cuándo y de qué manera?

Pues bien, en una sociedad donde la división social del trabajo ha desvanecido sus líneas divisorias para dar paso a una interdisciplinariedad y flexibilización, ahora el éxito laboral y social depende de uno mismo, nadie está detrás de nosotros para decir lo que se tiene que hacer o en qué nos debemos especializar, sino que el individuo tiene que ver por dónde puede meterse al mundo laboral y cómo mantenerse. El individuo tiene que levantarse muy temprano por la mañana, prepararse una taza de café que le permita mantenerse despierto en el trayecto de su casa a su lugar de empleo y que, ya estando en éste último sitio, beba un sinfín de café para rendir óptimamente en la jornada de oficina para más tarde, ir a la universidad y adquirir los conocimientos que exige el puesto alto que le permitirá solventar la renta del departamento eficientemente. O por otro lado, el individuo moderno tiene que acudir a las cinco de la mañana a la fábrica, aún sin nada en el estómago, esperando a que sea el medio día para acudir al lugar de comida por media hora, y que luego de esto, inmediatamente pueda reincorporarse a la máquina, tratando de no desaprovechar ningún minuto que pudiera descontarse de su nómina mensual.

El individuo que no triunfa económicamente es porque no quiere aprovechar las oportunidades de rendimiento individual que ofrece la sociedad moderna. Las relaciones humanas de interacción personal han pasado a segundo plano y Aristóteles ha sido rebasado. Es por eso que las personas con ojeras enormes y con nulo espacio de tiempo para solventar sus necesidades recreativas terminan por ser los héroes de hoy que han sacrificado sus vidas para vivir bien y en pos de una reactivación económica; las personas que a pesar de la emergencia sanitaria salen día a día para trabajar y llevar el sustento a sus hogares son poseedores de un heroísmo sin igual, un suicidio romantizado que inspira y alienta al pueblo de México. Un heroísmo grande que no debe ponerse en duda, pero que debe aplaudirse de lejos, desde el balcón de un edificio en Coyoacán.


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Acerca del autor: Héctor Sáchez es estudiante de Ciencias Políticas y Administración Pública y Sociología.

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1 comentario

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  1. Muy buen aporte, muy recomendable! Reciba un cordial saludo.

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